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QUADS ACUÁTICOS

MotoTT nº 019

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1. Editorial

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Hace unos días los aficionados al quad protagonizaron una manifestación en Valencia, reclamando el derecho a circular controlada y cívicamente por los espacios naturales de la comunidad. Aunque, en realidad, creo que lo que reclamaban en el fondo era el derecho a no ser tratados como potenciales delincuentes por el mero hecho de conducir un determinado tipo de vehículo. El quad está en este momento en el ojo del huracán. Por supuesto que, como ocurre siempre, por culpa de una minoría. Pero una minoría que no podemos ocultar que existe. Que ha crecido exponencialmente... y que está siendo la culpable indirecta -o directa, según se mire- de la caída en picado del otrora floreciente mercado quad y ATV.
La industria -tenemos un ejemplo reciente en la presentación con honores de estrellato del quad de KTM- no deja de producir excelentes modelos y sigue viéndolo como un vehículo comercialmente factible pero, al mismo tiempo, es plenamente consciente que el mercado está seriamente enfermo. Durante el reciente salón de Barcelona algunas marcas incluso se atrevían a catalogarlo como “terminal”. Otras eran más optimistas a largo plazo pero aventuraban una larga, larguísima convalecencia. El caso -y eso lo peor- es que todo esto se podía haber evitado. Estaba muy reciente el ejemplo de lo ocurrido con las motos de agua para saber qué era lo que no había que hacer.
Y en vez de aprender de esos errores del pasado, que prácticamente aniquilaron el mercado de motos acuáticas... se volvió a hacer exactamente lo mismo. Con idéntico funesto resultado, claro... Se permitió que florecieran como champiñones los negocios de turismo rural que ofrecían servicios de alquiler de quads. Parecía que no se podía abrir un albergue, hostal o fonda de montaña si este no tenía su correspondiente circuito -más o menos afortunado- de quad. Por supuesto había centros muy cualificados, profesionales y responsables pero también verdaderas instalaciones de temporada, puras chapuzas donde los quads eran simplemente una excusa para sacarles cuatro duros a los incautos huéspedes ávidos de “aventura”.
Hace un lustro se vivió exactamente la misma situación con los alquileres desordenados de motos de agua, cuando te las ofrecían hasta en algunos chiringuitos playeros. Y entonces, como ahora, se cometió el gravísimo error de presentar el quad como un juguete en vez de un vehículo a motor exigente y no exento de riesgos.
El quad era una simpática motito de cuatro ruedas accesible a todo el mundo, desde niños a abuelos (¿por qué, si no, iban a alquilarlo así, con esta facilidad, en todas partes, estando de vacaciones en el campo?). La moto de montaña tiene, desgraciadamente, su cuota de descerebrados pero presenta dos filtros obvios y naturales que impide que lleguen aún más al colectivo: se necesita carnet de moto... y uno se cae si no sabe conducir. Pero el quad... el quad es estupendo porque para conducirlo basta el carnet de coche y uno no se cae... El mal ya estaba hecho: la combinación “mala educación” de algunos usuarios con “acceso fácil a un vehículo molón” resultaba explosiva.
La Administración cobraba sus impuestos y sus licencias de explotación mirando hacia otro lado... hasta que la bola se hizo grande y acabó como acaban siempre estas cosas: culpabilizando, sancionando y prohibiendo. Sorprendidas por el éxito inesperado de un producto que siempre había sido minoritario, las marcas se dejaron llevar por el dinero fácil, sin hacer memoria histórica ni autocrítica. Su trabajo era vender, no hacer de policías. Y si no los vendían ellos, otros los venderían.
Ese es el problema. Que ahora ya no los vende nadie.

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